martes, 31 de julio de 2012

Diversificación y artes marciales.


Otra de nuestras bases a la hora de enfocar el aprendizaje es la diversificación de éste, partiendo del principio de que si cada persona es diferente, también les motivan enfoques y metodologías diferentes. 
En la actual metodología de artes marciales, quizás se haga demasiado hincapié en la faceta marcial, aunque si bien es cierto que para aprender a nadar uno tiene que meterse en agua, también es cierto que no todas las personas nadan por el mismo fin.  ¿Qué ocurre si el estudiante no da el “perfil” necesario para el sistema? ¿Si es demasiado mayor, demasiado joven, demasiado pacífico o demasiado agresivo, si es demasiado flaco o demasiado gordo, que ocurre si nuestra actividad se basa en el contacto y el alumno es reticente a él, o todo lo contrario? O algo tan común como es la condición física, ¿todo el alumnado busca mejorar su condición física o hay algún sector que solo busca el aprendizaje técnico? ¿Se debe estar fibrado o musculado para la práctica de artes marciales o sistemas de combate como parece que nos quieren vender los medios, el cine o los actuales sistemas? A veces parece que las artes marciales están elaboradas actualmente pensando en el entreno sistemático 8 horas al día entre gimnasio, suplementación, pesas y nutrición deportiva, ¿pero todo el mundo tiene tiempo, medios, dinero  o genética para esto?
¿Qué pasa con el alumno normal, ese estándar medio que parece estar condenado a la desaparición si no puede amoldarse a las exigencias de un entrenamiento sistemático y basado en la superación constante?
Cuando hablamos de A.M. y diversos sistemas de combate parece que estamos hablando de algo muy particular y subjetivo, pero no es así, estas metodologías no dejan de ser métodos de  “enseñanza-aprendizaje” como cualquier otra actividad. Por lo que se hace necesario evaluar la capacidad de nuestro método de enseñanza no en base a los “aprobados” sino a los “suspensos”.
Se hace imprescindible quizás en los tiempos que  vivimos,  dejar de lado el “maestro” y empezar a desarrollar al profesor, dejar de lado la “vieja escuela” por una más moderna y eficaz donde el alumno no sea una copia que debemos imprimir, sino una persona que debemos formar, no solo física o “espiritualmente” sino intelectualmente.  Por lo que debe haber un interés y una humildad de parte de cualquier instructor por evolucionar en sus métodos de enseñanza y en acrecentar su valor, no como luchador sino como persona.
El fracaso del estudiante, el abandono de las clases o del sistema, no es por razones tan equivocadas como “este alumno no vale para esto” sino por un “no valemos como profesores”, quizás en parte porque, al contrario que en otros tipos de enseñanza, no hemos recibido una formación para ello y solo tenemos un modelo directo que seguir(nuestro propio maestro), aunque exista formación y autoformación  a la que podamos acudir para mejorar como profesores, creemos a veces que “nos basta con lo aprendido” o que vamos a ser infieles a nuestro sistema si enseñamos de otra forma, pero si nos paráramos a meditar objetivamente sobre este tema, dejando el ego a un lado, veríamos que no es así. Que fallamos en lo mismo que tendemos a censurar en el alumnado que no puede seguir nuestro particular método de “esto es así, porque a mí me funciona”, la capacidad de crecer fuera de un sistema cerrado. Pero no nos engañemos, demasiados sistemas “abiertos” terminan siendo igualmente sistemas cerrados.
Desde hace años la nueva aparición de sistemas ha parecido traer algo de esperanza al terreno  didáctica y artes marciales, aunque desgraciadamente no ha sido así, quizás por el especial hincapié en seguir un modelo establecido de enseñanza ya hace mucho obsoleto, el de aprendiz y gran maestro, en vez de intentar beber directamente de cualquier programa moderno de psicología y enseñanza, donde descubrimos que no todos los alumnos son iguales y que el método tradicional no sirve sin una adecuada programación didáctica y una capacidad en el profesorado de poder realizar modificaciones curriculares, de diversificar métodos y sobre todo de transformar lo monótono en algo nuevo y atractivo hacia el alumno que tenga cualquier problema de aprendizaje. ¿O acaso creemos que estamos tan lejos de un profesor de instituto? Ambos enseñamos, ambos tenemos alumnos y en ambos casos ambos tenemos una responsabilidad tanto con los alumnos como con la sociedad.  
Es imprescindible llegado a este punto que cualquier persona vinculada a la enseñanza de artes marciales haga un examen de conciencia sobre la posibilidad de mejorar la forma en que enseña y el por qué enseña.  Toma especial relevancia en este caso la vocación, la cual distingue a un buen profesor en cualquier materia,  estando el bienestar del alumno por encima del propio sistema, ego o ganancia económica.
Quizás parte del fracaso de las artes marciales clásicas y el incremento de sistemas modernos se deba justo a eso y no tenga nada que ver  con la eficacia en combate, ya que esta no sirve de nada si no somos capaces de hacer comprender al alumno los movimientos y el porqué de estos, además de contar con las suficientes herramientas educativas para ser capaces de adaptar “el movimiento que funciona en nosotros” a otras personas en las que “no funcione”, sin conseguir con ello que tantos alumnos abandonen la práctica.
Para este fin no hay más secreto que el de formarse adecuadamente, investigar y sobre todo crecer, ya no solo en el conocimiento de las artes marciales y sistemas en general sino en la labor de profesor o de persona que “enseña” que debe ser mucho más compleja que conseguir que el alumno realice cualquier movimiento, además de eso, se debe conseguir que lo comprenda, labor esta mucho más complicada. De igual forma siempre habrá dos tipos de alumnos, los que aprendan y los que memoricen. Está dentro de la ética de cada profesor, instructor o gran maestro  los alumnos que deseen formar. 

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